Cuento de Triatlón: El atardecer del patriarca


Hace meses que no sabíamos mucho de nuestro narrador de cuentos, no estaba compitiendo, pero tampoco nos había enviado reportes o escritos. Hasta que hace unos días nos sorprendió gratamente con el envío de otro de sus cuentos que nos invitan a pensar y no solamente en triatlón, sino en la vida misma… Quien mejor que el para contar a través de una experiencia, que puede ser ficcional o real, un cuento de triatlón… que nos sirva para detenernos un minuto para reflexionar…

Los invito a leer este nuevo cuento de Claudio Nieto, nuestro narrador de cuentos de triatlón...

…Cuando por fin encontró la música que andaba buscando, recordó aquellos momentos del pasado en que jamás imaginó que llegaría a tal estado de quietud donde, aquellas melodías, eran el secreto mejor guardado de cuanto fue y cuanto aprendió de dejar de ser…

Así las cosas, esta historia va dedicada a todas aquellas almas, que por alguna razón misteriosa y mágica se alejaron de sus pasiones, amores, aficiones y después de un respiro prolongado, tenue o alternado, volvieron con sus mejores armas, más vivos, mas etéreos, mas eternos…

EL ATARDECER DEL PATRIARCA

…siéntate, camina o corre, pero no vaciles… era un proverbio zen que repetía desde hacía un rato. Frotó ambas manos varias veces hasta sentir calor, luego sopló sobre sus palmas al universo, apuntando hacia el cielo y volvió a contemplar desde el alto, las circunstancias por las que estaba ahí, donde debía estar.

Llevaba doce meses sin calzar esquís, enfrentar diagonal alguna con crampones, colgar de cuerdas, digerir asfalto en posición "aero", horizontal en la pileta o vertical corriendo. Fueron meses que su envergadura de galeote la entregó a dejar fluir, curar y contemplar. Meses en que justamente la posibilidad de realizar un sueño, era lo que hacía su vida interesante. ¿Cuál sueño se preguntó?.

Antes de salir del departamento, volvió la mirada por un instante para ver donde había dejado su bastón y sombrero, ambos, estaban donde debían estar, custodiando sus atardeceres en la escribanía mirando el lago.

Eran las 09:00 AM, y el verano estaba en su momento heroico, los atletas custodiaban sus naves, familiares contemplaban el momento, la música hacia lo suyo. Cuando un atleta sabe claramente para donde va, el universo conspira para darle paso. Las imágenes atrás de cada pensamiento, la posibilidad de identificar el momento en que transitan de la nostalgia al desconcierto y el símbolo que hay atrás de ese tránsito, la necesidad de matizar en sus cavilaciones para aprender cuando imprimir la totalidad de la intención y cuando silenciarlas en las relaciones emocionales, eran motivo suficiente para doctorar a ilustres artífices del secreto de nuestros miedos, tristezas y llantos; suficiente para utilizar su vista como instrumento, pero disfrutando intensamente de ello.

Debió haber traído el bastón y el sombrero, esos elementos que en el último año, se habían encargado de enseñarle verdades historiadas, sin esperar que pasara la tormenta, instruyéndolo a bailar bajo la intensa lluvia. Aprendió del ocio y del canto, de las melodías estáticas, donde la búsqueda se encontró con la oportunidad de fluir, dejar andar, desapego y felicidad.

Sin sus testimonios de apoyo (estirpe) y cubierta (amor), caminó feliz al encuentro con el lago, esta vez, lejos de la multitud, pero cerca del entorno, del sentimiento, de la intensidad y circunstancia. De volver a esos escenarios con una tarea diferente. Comandaba atletas, y se mantuvo firme en sus convicciones más honestas viviendo como lo deseaba. Ya que había entendido la maravillosa verdad al amparo del bastón y el sombrero, que la vida no consiste en buscarse a sí mismo, sino en crearse a sí mismo.

Su atleta hacía lo dispuesto, era su legado, motivación lo había impulsado, el hábito lo hizo soportar y continuar. Era la última competencia que estarían juntos, una divina providencia había destinado otros cereales para él. En medio de esas conjeturas lo vio nadar custodiado por ángeles, cual feroz león que recordaba que aquel día era el mañana acerca del cual se preocuparon e invirtieron tanto, tanto sudor ayer…

Salió bien del agua, fue su mejor natación, impecable transición y al contemplarlo sobre el pedal, entendió que el rigor, humildad, disciplina y convicción fueron las armas donde a menudo encontramos nuestro destino por caminos que tomamos para evitarlo. Estaba orgulloso por la destreza que veía en su pupilo, agresivo, tenaz, inteligente, soportando los ataques, manteniendo la forma, entendiendo que mientras más duro es el conflicto, más glorioso el triunfo.

Llegó en el grupo de punta, nuevamente una rápida transición y el asfalto lo recibió como en sus extenuantes jornadas de entrenamiento en la pista atlética del cerro Ñielol, mediante tres formas que adquirió sabiduría triatlética. Por la reflexión, que es la más noble; por la imitación, que es la más sencilla; y por la experiencia, que es la más amarga. Se mantuvo ahí los tres giros, y al final, el bastón y el sombrero acudieron en espíritu al entrenador para que no colapsara en espanto y nostalgia. Lo vio desde el alto, batallando con el dolor más intenso, matizando todo argumento que la victoria pertenece al más perseverante, ya que la confianza en él mismo fue una lucecita débil que iba y venía, y su labor fue cuidarla constantemente. Ahí estaba el resultado, ahí la sorpresa, ahí la magia de su labor, el pupilo ganaba el campeonato nacional de triatlón… Llevaba la tricota del Team Bustos Temuco, Route Temuco, YMCA Temuco, Action Team, Club Croata, de los independientes… de la asociación araucanía!!

Eligió el camino más largo para volver al departamento, ya que el recorrido había sido abrupto, por senderos fugaces, a veces desprovistos de luz al amparo de estrellas eternas. Caminaba tranquilo que su labor estaba fundada, todo lo que su mente pudo concebir y creer (crear), lo pudo alcanzar. Entendió que la manera más fácil de tener lo que quería fue ayudando a otros a tener lo que querían. Al llegar al departamento, su bastón había partido a otras tierras, para ayudar a ilustres seres de luz en reconocer sus propios senderos, el lugar se llamaba Futaleufú, una tierra de almas nobles, donde serviría de apoyo y guía como lo fue en tierras araucanas. El sombrero esperó que abriera la puerta, para despedirse al amparo de una gaviota, su forma calzaba con su cuerpo y también las melodías que emitía al compás de su vuelo.

Nuestro hombre caminó a la ventana, contempló el cielo y certeza tuvo que el bastón volvería para no dejarlo jamás en los atardeceres de sus nostalgias, pero el vuelo del sombrero dejaba abierta la esperanza que nunca podremos descubrir nuevos océanos sin el coraje de perder de vista la costa… Volvió a frotar sus manos, volvió a sentir calor, extendió sus palmas y sopló al universo ¿Cuál sería el próximo sueño?... volvió a preguntar...

Por Claudio Nieto (Noviembre 2012)

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Grande Nieto! Excelente escrito y buena forma de plasmar parte de lo vivido este año...

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